…y la resabiada gatita seguía homenajeando la religión de la época, sin detenerse a pensar sus corazonadas. También tradujo a este bienintencionado filósofo francés…

 

A. GLUCKSMANN, El undécimo mandamiento,
(Península 1.993)… Según este señor, lo que deberíamos hacer en nuestro infernal siglo XX –entonces aún confiaba yo el tiempo a los dígitos romanos…-, sería añadir un mandamiento más a las tablas divinas. Un mandamiento que nos obligara a tomar conciencia moral del mal.

(…) El ser que puede ser comprendido es el lenguaje (…).

Eso afirmaba el sumo sacerdote. Os lo puedo confirmar al pie de la letra, porque traduje obedientemente la prescripción de la época: H.-G. GADAMER, Elogio de la teoría (Península, 1.993).

(Sin embargo, mi corazón disentía secretamente de esta seria, muy seria comedia… Y aunque estaba lejos aún de las parodias, tecnicismos verbales, que son mi pasión y devoción, ya me iba pareciendo a mí que el saber filosófico tenía más de arte que de conocimiento…

Cuando traducir todavía me era útil...

… me parece recordar que hice muchas traducciones… muchas. muchas… No sólo para ganarme la vida, sino por auténticos motivos ideológicos. La así llamada Hermenéutica era la religión filosófica del tiempo. Creíamos todos en la interpretación, en la bondad del acto de verter lo cifrado en lengua extraña, en nuestra lengua.

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